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Díaz frente a la campaña de la crispación

La crispación aterrizó en Andalucía como estrategia nacional, nublando la tan necesaria carga de propuestas de mejora para la autonomía más poblada del país, con una salvedad: Susana Díaz. La candidata socialista se erige como único tótem positivo de una campaña que afronta sus días claves

Siembra viento y recoge tempestades. De aquellos barros estos lodos. El refranero popular está plagado de anticipos. Como de malos augurios para el tiempo de los proyectos y la programática se cargó la campaña de las andaluzas, las primeras elecciones del nuevo –y tormentoso- clima político instalado en nuestro país. La crispación aterrizó en Andalucía como estrategia nacional, nublando la tan necesaria carga de propuestas de mejora para la autonomía más poblada del país, con una salvedad: Susana Díaz. La candidata socialista se erige como único tótem positivo de una campaña que afronta sus días claves.

Y lo hará después que Ciudadanos rompiera la estabilidad y bramara sorprendentemente una y otra vez contra ese partido y esa candidata con los que habían forjado tres años y medio de dulce crecimiento. Andalucía está mejor que hace cinco años, repite cargada de razones Díaz, que valora, sin embargo, el entendimiento que ha llegado a tener con la fuerza naranja. El desembarco de Rivera no ha servido más que para convertir Andalucía en un campo de batalla por el voto de la derecha, con mensajes malsonantes siempre con Díaz como protagonista. Insultos y ofensas en las que han caído con preeminencia las huestes populares. El PP ha sido, sin ánimo de duda, el primer generador de crispación en Andalucía. Moreno Bonilla, que se sabe desahuciado, no ha sido capaz de articular un mensaje ilusionante de futuro, más allá de buscar el fango y la polémica. De hecho, su paso por esta campaña queda totalmente opacado por la constante presencia de Pablo Casado, al que no le duelen prendas en utilizar, sin el mínimo atisbo de moralidad, todas unas elecciones andaluzas para proyectar su imagen nacional. El nuevo líder de los populares ha atizado a los andaluces, a su condición de garantes de un gobierno de izquierda que sigue salvaguardando el Estado del Bienestar, aun cuando su propio partido lo voló por los aires en los gobiernos de Mariano Rajoy. El miedo a Vox ha radicalizado a un PP sin rumbo, y cada vez más alejado de esa fuerza garante de conciencia responsable en el flanco derecho.
Puede decirse que hasta la fecha, en la previa del 2D han sobrado improperios y faltado estadismo. Al fin y al cabo, la responsabilidad política es una cualidad que se tiene o no se tiene, y que destaca –por ausencia- cuando más se atomiza el voto. Podemos, reconvertido ahora en la marca Adelante Andalucía tras engullir a Izquierda Unida, tampoco ha sido capaz de aislarse del mensaje bravucón. Para empezar, con unos candidatos –dicen ir a dúo con Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo- incapaces de condenar el hasta ahora momento más triste no solo de la campaña andaluza, sino de los últimos años de la democracia patria: el escrache violento de un grupo de taxistas a un acto de Susana Díaz en San Juan de Aznalfarache. Una actuación que merecía la mayor de las condenas de todos los representantes políticos y de la que la radicalidad de Rodríguez y del grupo Anticapitalistas que gobierna Podemos se ha desmarcado. No fueron capaces de dedicar el mínimo rechazo a una violencia que amedrentó a familias enteras que acudían al acto, con niños y personas mayores. En este caso, sí hubo responsabilidad, la del PSOE de Andalucía que para evitar males mayores y el recrudecimiento de la actitud de ese centenar de taxistas que gritaban fuertes insultos, golpeaban un cristal y arrojaban macetas en mitad del estupor general suspendió el acto y pidió sus asistentes que no entraran en el sucio juego de la nueva política.

La situación es, cuanto menos, preocupante. Que solo exista una líder política capaz de armar un discurso de futuro, que abre propuestas y se brinda a la rendición de cuentas es una anomalía democrática de primer nivel. Los populismos, unidos de agresividad y mensajes destructores son la gran amenaza del mundo libre y democrático. Andalucía no puede pasar por ese aro, máxime cuando además de afrontar un porvenir propio positivo y de crecimiento es la primera parada del ciclo electoral total que se avecina. Autobuses –como los de Ciudadanos que presentan a Díaz junto a Puigdemont siendo la candidata socialista una de las voces políticas más fuertes del panorama nacional contra la independencia catalana- o acciones como las de los herederos del PA, Andalucía Por Sí, en las que su cabeza de cartel publica un vídeo lanzando huevos contra una valla publicitaria de Díaz, son ejemplos de la crispación instalada y de cómo, ante la ausencia de un proyecto solvente que compita contra la buena situación actual de Andalucía, las fuerzas políticas están cayendo, irremisiblemente, en el espasmo y la convulsión. Los andaluces y las andaluzas no lo merecen. Hay mucho en juego: nada menos que la solvencia democrática y la estabilidad.

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